martes, 10 de mayo de 2016

¿Hacia dónde marcha el feminismo? #24A

Tomado de: La Crítica
Por: Marielena Ponce y Judith Pantoja

¿Cómo llegamos a estos feminismos que salen a denunciar el acoso callejero de tal manera que hasta los agresores y violadores se sintieron convocados? ¿a una marcha tan light que Televisa la difundió en su programa matutino de noticias? ¿a un discurso tan digerido y despojado de potencial transformador que hasta Peña Nieto tuiteó al respecto?

1.- La ya bien cristalizada oenegeización del feminismo, que comenzó con la entrada del neoliberalismo en América Latina en 1985 con el Ajuste Estructural impuesto por el Banco Mundial, como una excelente forma de encausar las luchas de acuerdo con los intereses del estado, de desarticular movimientos mediante financiamientos que llegan sólo a quienes tienen propuestas acordes con intereses del poder y que generan una dinámica de competencia y marginalizan y neutralizan las propuestas radicales. Es una oenegeización que se extiende incluso a colectivas pensadas como autónomas, atrapándolas en su misma lógica: ofreciendo dinero para regular sus actividades y acotar sus acciones a los discursos y la agenda señalados por las organismos de poder internacional, al mismo tiempo que no se pierde la ilusión de transgresión, de actuar al margen de instituciones cuando el sistema tuvo bien clara su estrategia para volver inocuas esas propuestas.

2.- Asimismo, el incesante surgimiento de colectivas que generan la sensación de transformación mientras desde las instituciones son vistas como grupos de amigas cuyo campo de acción se limita a un par de años cuando mucho, y a actividades bien reguladas y aceptadas culturalmente porque cumplen con lo que se espera de ellas, y además son vistas como un pasito en la maduración hacia la política “real” que será siempre, por supuesto, desde las instituciones y bajo sus lógicas y no más. 

Dichas colectivas suelen estar condenadas a ser arrastradas por el torbellino del capitalismo neoliberal, al ser asiduas consumidoras en bares que venden el feminismo como una experiencia de moda o instaladas en la dinámica del concurso en la convocatoria del financiamiento, avasalladas por los discursos de consumo y la paralización de la capacidad autogestiva auspiciada por agencias internacionales. Son estas mismas quienes luego deciden, participar, adecuándose a los lineamientos prescritos, en los canales que brinda la democracia liberal: Marchar en un Paseo de la Reforma -asignado socialmente para la protesta-, en un domingo; llegar desde Ecatepec -para ser solidarias, pero en realidad centralizando de nuevo los esfuerzos en la capital y exotizando un contexto ajeno-  en autos y camionetas -sin importar las contingencias ambientales-, como un paseo turístico revolucionario extremo con su toque de “dosis de realidad”.


Como se puede ver, en este contexto la marcha tiene un carácter performático, por tratarse de un evento de un día que cumple lineamientos compartidos en el imaginario cultural: cada quien con su guión establecido marcha y declama lo que se espera que digan: “este cuerpo es mío”, “no me silbes”, “alto a los feminicidios”, “nos queremos vivas”, “machete al machote”, “verga violadora a la licuadora”, “si tocas a una, te reventamos todas”; al final de cuentas, estas consignas no significan un riesgo al orden patriarcal, pues son frases metafóricas que no recaen en hombres concretos, en cambio, colocan a abusadores, violadores y feminicidas como un ente desdibujado y abstracto, es decir, no hablan de gobernantes, políticos, empresarios y comunicadores, tampoco de los hombres de nuestra familia, los hermanos, tíos, primos, abuelos, esposos, novios ni amantes, tampoco de los sacrosantos hijos, mucho menos de los “compañeros” del colectivo, profesores ni amigos, porque estos últimos “son buenos”, “son diferentes”, “no son machistas”, “se están deconstruyendo”.

Las feministas nos hemos vuelto famosas por no cumplir ninguna de estas amenazas -porque además sabemos que el sistema está organizado para evitárnoslo, para castigarnos con todo su poder si se nos ocurriera usar la violencia que es propiedad exclusiva de los hombres-, por conformarnos con explotar diciendo frases que quizá desearíamos, pero jamás realizaremos, con soñar que “América Latina será toda feminista”, sabiendo que las feministas somos blanco de acoso y violencia focalizada. Como monumento al carácter meramente performativo de estas frases, basta observar cómo actualmente colectivas feministas cobijan acosadores, violadores y potenciales feminicidas llamándoles compañeros de lucha, cómo dudan de quienes los denuncian y las reculpabilzan antes de creer que su compa es un macho violento, justificando la misoginia de sus “compañeros”. Otra muestra de este carácter performativo de la marcha es la enjundia con que varios contingentes feministas sacamos a hombres de nuestras filas, pues esto significó una acción momentánea y que fue posible sólo porque era el escenario adecuado: en la vida cotidiana no se mira a grupos de mujeres aguerridas con tambores sacando a hombres de espacios donde están violentando mujeres, que son prácticamente todos los espacios donde hay hombres. 

En el performance está bien sacar a los periodistas a gritos, así como en ciertos espacios se ha aceptado que no entren hombres-como un continuo de esa performatividad desdoblada a otros momentos/espacios-, pero seguimos organizándonos en colectivos con hombres, seguimos relacionándonos con ellos, follándolos y defendiéndolos. Aunque no entren a ciertos espacios nos esperan en nuestra casa para que les hagamos la cena y los consolemos por no poder entrar a ciertos talleres y nos esperan afuera del conversatorio para que les contemos qué se habló allí. Al no tener una apuesta política clara ni una postura comprometida con respecto de este sistema heteropatriarcal, nos volvemos consumidoras de discursos cuya concreción no comprendemos, no somos capaces de llevar a la práctica y no podemos sacar del contexto de teatralización ritualizada.

La marcha es, entonces, parte de estas puestas en escena, incluso tenemos ropa de marcha, maquillaje de marcha y poses para la marcha, todo lo cual hemos aprendido y practicado porque hemos ido a decenas de marchas, nos tomamos selfies con las amigas, incomodamos a familiares que miran con roña nuestro feminismo en Facebook, subimos el video de la batucada, nos emocionamos de encontrarnos con amigas que habíamos dejado de ver y luego regresamos a nuestra cotidianidad intacta. Este performance conlleva un efecto analgésico y de bienestar luego de la catártica puesta en escena, lo cual lo convierte en una válvula de escape para que quienes vivimos violencia las 24 horas del día podamos sentir que estamos cambiando nuestro entorno, que tenemos el poder, que “el miedo cambió de bando”, porque ese día nos sentimos unidas, fuertes, amenazadoras, capaces de correr a un macho de nuestro pedazo de calle que sólo nos adueñamos sin miedo en el transcurso de ese performance.

Lo que parece más bien es que dichas posturas que significaban miradas y apuestas políticas profundamente diferentes de construcción de otros mundos son hoy apenas la tenue huella discursiva de lo que alguna vez fueron, y que lo que hay ahora son feminismos aparentemente diversificados pero muy funcionales al sistema, con apenas unas diferencias entre las consignas, pero que confluyen los fines de semana en los mismos antros temáticos feministas o en los mismos eventos de ONGs. 

Lo que parece que hay es un feminismo al estilo diversidad sexual, entendido como muchos nichos de mercado que son capitalizables, como un discurso consumible y redituable, digerible por el sistema para neutralizar la potencial amenaza. En esto se ha convertido el feminismo después de tantos golpes por los diferentes despojos y colonizaciones cuyo inicio tangible podríamos identificar en la entrada del neoliberalismo y que tiene continuidad en la cristalización, desde hace aproximadamente una década, del blanqueamiento colonial a través del cobijo de los estudios queer y trans -no sólo por las instituciones académicas y oenegés, sino también por colectivas, homogeneizando así el discurso de posturas que solían ser antagónicas-. 

Esta última colonización del feminismo además vino a impregnarlo con el esencialismo propio del patriarcado, regresando a afirmar que una nació -hombre o mujer o trans- y asegurando que el género es una creación individual, voluntaria y performativa, ignorando así la configuración del sistema heteropatriarcal en los cuerpos y en nuestra forma de entender el mundo a través de los años de educación que nos han moldeado dentro un esquema binario, negando así las aportaciones mismas del feminismo. 

Fue un balde de agua fría darnos cuenta de que el día que pusimos las cuerpas con toda la intención revolucionaria, estábamos enarbolando el discurso de la democracia liberal tolerante y todo incluyente que nos explota y asesina. 

Fue estremecedor mirar dónde estamos paradas a nivel económico y político, mirar que somos producto de ese neoliberalismo que nos empuja a convocar una marcha de visibilidad mediática para hacer catarsis performativa y catapultar indirectamente políticas públicas paliativas y vacías, una marcha sin trabajo político de base, que reúne por igual a acosadores, violadores, institucionales y partidistas. Una marcha sin un objetivo político claro, ya que para algunas significó interpelar al Estado, para otras a los hombres acosadores -que no al hermano ni al padre ni al novio, “porque no todos los hombres son iguales”- y para unas más, a otras mujeres -“otras” que en realidad no importaban más que como cuota o testimonio pre marcha, cual campaña gubernamental contra la violencia de género que utiliza imágenes de mujeres golpeadas -¿o por qué convocar a compartir testimonios de violencia sexual sin contención amorosa feminista, sin redes de apoyo barriales, sin abrazos empáticos ni protocolos de seguridad? ¿qué tanto fuimos conscientes de las implicaciones y el impacto de #MiPrimerAcoso para las mujeres de diferentes contextos que desconocemos? ¿Realmente iremos a reventar a todos los violadores que ellas y nosotras denunciamos con el llamado de las convocantes de la marcha? Seguramente no, estamos en la era de la performance, ponemos la cuerpa para el sistema capitalista y nuestras amenazas son sólo consignas para una marcha, que solo le importa el efecto mediático o el comentario en redes sociales y no la vida de las mujeres, porque es sólo un evento que responde al contexto y que no implica más reflexión ni estrategias de raíz para contrarrestar el monstruo del heteropatriarcado neoliberal.

A pesar de los límites de una marcha que respondió a la lógica del mercado, tuvo consecuencias desproporcionadas: centenares de hombres ofendidos que denunciaron exclusión, violencia “misándrica”, heridos en su masculinidad por no haber sido protagonistas, enfurecidos por la intervención de un monumento que no les representa 43 estudiantes desaparecidos, sino su poder fálico de machos de izquierda y que reaccionaron con las herramientas que este sistema les ha dado: acosando y violentando a las feministas que participamos en la marcha. 

Paradójicamente, esto mismo los devolvió a su lugar protagónico: las feministas, al festejar como victoria los berrinches y llantos de hombres, coleccionando las lágrimas en vasos estampados con la sensación de radicalidad y transgresión, volvimos a centrar nuestra energía en ellos, en sus opiniones y sentimientos.

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